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11/10/2016

Antipsicóticos Sí

Miguel Gutiérrez responde en esta columna de opinión a las corrientes que se postulan en contra de los antipsicóticos.

 

Es preocupante leer con cierta frecuencia en El País manifestaciones representativas de la “anticiencia”, en lo que se refiere a la psiquiatría, que se basan en informaciones científicas insuficientes para extraer conclusiones taxativas y temerarias, cuando no mienten directamente.

Es radicalmente falso que se haya demostrado que los antipsicóticos, utilizados con rigor, produzcan cambios degenerativos en el cerebro. Lo que no se puede es ignorar, como hacen algunos, deliberadamente, en defensa de postulados antipsiquiátricos, que la propia enfermedad esquizofrénica induce cambios degenerativos en el cerebro de las personas que la sufren y que dichos cambios se asocian claramente en intensidad con el tiempo en que estas personas permanecen sintomáticamente activas y sin tratamiento farmacológico.

Dar credibilidad a este tipo de voces es especialmente lamentable porque genera preocupación e induce desesperanza entre las personas que sufren alguna enfermedad o trastorno psiquiátrico. Son los antipsicóticos, combinados con otras técnicas de rehabilitación psiquiátrica, los que han permitido que gran número de personas con enfermedad mental grave no acaben asilados de por vida o, lo que es peor, en centros penitenciarios o en la marginalidad callejera, abandonados a su propia suerte.El avance en la tecnología terapéutica de las enfermedades mentales, entre ellos la psicofarmacología, ha permitido humanizar el trato y la autonomía funcional de estas personas.

Juzgar lo que médicos de hace cien años realizaban, en ocasiones de manera heroica, para aliviar el sufrimiento de las personas afectas de enfermedades mentales con los ojos de la medicina del siglo XXI es una profunda equivocación histórica y además una injusticia. Es jugar con trampa.

La creación de los manicomios fue en su momento un avance médico que permitió dar un trato más digno a muchas personas que sufrían el ostracismo en pueblos y ciudades o eran abandonadas a su suerte por una sociedad que los concebía como malditos.El modelo asilar caritativo se prolongó en nuestro país hasta los años ochenta y solo la equiparación del enfermo psiquiátrico con el resto de los enfermos (gracias a la oportuna Ley General de Sanidad de 1984) contribuyó a romper el modelo anterior y mejorar la atención de estas personas. Hasta entonces, junto al asilar, los modelos psicológico-mágicos no hicieron otra cosa que frenar, retrasar, el desarrollo del modelo asistencial comunitario en nuestro país. Como ya había ocurrido en EEUU, con honrosas excepciones en el nuestro, solo era accesible para los ricos. Fue mucho después cuando se empezaron a emplear técnicas psicoterapéuticas sustentadas científicamente y en el marco de los servicios públicos.No se ajustan a la verdad algunos pseudoexpertos cuando dicen, alegre y taxativamente, que los tratamientos psiquiátricos son inefectivos y, en consecuencia, deberían abandonarse. Muy recientemente, Stephan Leucht y sus colaboradores publicaron en el British Journal of Psychiatry, un estudio que demostraba que la magnitud del efecto de la mejoría que los fármacos psiquiátricos ejercen sobre las enfermedades que tratan es igual, y nunca menor, que los fármacos de cualquier otra especialidad médica. Trabajo que ignoran intencionadamente muchos de estos críticos antipsiquiátricos.

Los fármacos antipsicóticos son insustituibles a día de hoy en el tratamiento de los enfermos con esquizofrenia, sin perjuicio de que deban combinarse con técnicas psicoterapéuticas adecuadas a cada persona, lo que también pensamos debe hacerse en todos los casos. Es cierto que debemos ser prudentes con el uso y dosificación de los antipsicóticos, pero este principio de prudencia es aplicable a cualquier medicamento, no solo a los psicofármacos.

Algún día los antipsicóticos dejarán de ser necesarios. Hoy son, sin duda, el mejor tratamiento disponible para mejorar alguno de los síntomas de la enfermedad esquizofrénica y, desde luego, un potentísimo avance para evitar las recaídas. Recaídas, un fenómeno terrible pero que, en gran número de casos, ya es evitable a día de hoy.

Deberían estos críticos ver directamente el efecto que una recaída tiene en una persona con esquizofrenia que, por las razones que sean, ha abandonado su tratamiento antipsicótico: el sufrimiento familiar, la desesperación, las parejas que se rompen, los estudios y empleos que se pierden, los amigos que abandonan y la destrucción de cualquier proyecto positivo de futuro ante la sensación de que la enfermedad nuevamente desbocada es más fuerte que los deseos de salir adelante... ¿Han preguntado a los seres queridos y familiares de personas con esquizofrenia lo que opinan sobre la “inutilidad” de los antipsicóticos? ¿Con cuántas personas que han conseguido encauzar su vida gracias a estos fármacos y permanecen libres de síntomas se han entrevistado?

Cada vez es más frecuente la soberbia del intelectual que nunca ha salido de su despacho para palpar la realidad que pretende explicar. Realidad con la que topamos todos los días los que nos dedicamos a esto. Profesionales que conocemos perfectamente lo que es un ensayo clínico, especialmente en lo que se refiere al establecimiento de la seguridad y tolerancia de un fármaco, porque de la eficacia del mismo sin duda sabemos mucho más los clínicos, los que utilizamos los fármacos, que los que los inventan o los que solo estudian papeles.

Prof. Miguel Gutiérrez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría.

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